Compartir lecturas en la biblioteca pública

 

[Versió catalana]


Jordi Bosch

Director de la Biblioteca del Sud de Sabadell
Red de Bibliotecas Municipales de la Diputación de Barcelona

 

Resumen

Se pretende proporcionar herramientas y estructurar una de las tareas más comunes en cualquier biblioteca: la prescripción literaria. Profundiza en el término y sus definiciones estableciendo una alternativa a la definición, aporta estrategias sobre cómo prescribir y cómo establecer un vínculo con el usuario que genere un itinerario lector que vaya desde los libros hacia la literatura. También se repasa la necesaria formación del profesional ―tanto en el ámbito académico como en el autónomo― con algunas propuestas de formación continua. Se da importancia a la responsabilidad a la hora de ejercer esta labor y se intenta reflexionar sobre qué es la buena literatura con la ayuda de críticos literarios, escritores y profesores.

Resum

Es pretén donar eines i estructurar una de les tasques més comunes a qualsevol biblioteca del país: la prescripció literària. S’endinsa en el terme i les seves definicions establint una alternativa a la denominació, dona estratègies sobre com prescriure i com establir un vincle amb l’usuari per tal de generar un itinerari lector que vagi dels llibres a la literatura. També es repassa la necessària formació del professional —tant en l’àmbit acadèmic com en l’autònom— amb algunes propostes de formació contínua. Es dona importància a la responsabilitat a l’hora d’exercir aquesta tasca i s’intenta raonar què és la bona literatura amb l’ajuda de crítics literaris, escriptors i professors.

Abstract

This article offers practical advice about how to approach one of the most common tasks in any public library: providing guidance about reading options. The article examines what the terms ‘guiding’ or ‘prescribing’ mean and proposes an alternative description of what this task can involve, as well as suggesting strategies for establishing connections with library users to create reader itineraries that go from books in general to literature. The article also considers the in-service training that offers library professionals the academic and personal skills to provide guidance about reading options. Finally, it stresses the importance of the librarian’s responsibility when acting as a guide and uses the arguments offered by literary critics, writers and teachers to describe what constitutes good literature.

 

«—Perdona, estoy buscando un libro. ¿Qué me recomendarías?»
(Cualquier usuario o usuaria en una biblioteca de Cataluña)

1 ¿Recomendar? ¿Prescribir? ¡No! Compartir

Los que trabajamos en una biblioteca pública sabemos que la pregunta anterior es una gran oportunidad. De hecho, si hay alguien que trabaje actualmente en cualquier biblioteca pública —y también escolar, universitaria, especializada, etc.— y no lo ve de esta manera le pediría, de la forma más amable posible, que busque otro trabajo. Cuando ves a aquella persona con ansias de lectura que no sabe qué leer y te hace la pregunta: «Perdona, estoy buscando un libro. ¿Qué me recomendarías?». La primera frase nos muestra que la persona que tenemos delante busca un libro y a nosotros, en seguida, se nos activa el modo search and find. ¿Qué título concreto busca? ¿Será literatura fantástica? ¿Erótica? ¿Ciencia? ¿Tecnología? En pocos momentos hemos hecho la radiografía literaria de aquella persona. Inventada, seguro. Con la pregunta es cuando se nos activan todas las alarmas. No tiene clara la búsqueda. No tenemos título, ni autor, ¡y puede que ni siquiera palabra clave! Aquí los profesionales tragamos saliva y comenzamos una parte de nuestro trabajo.

Pero antes de mostrar el recorrido de esta tarea tan común me gustaría debatir —un poco, tampoco nos enfadaremos— sobre los términos utilizados para definirla. Todavía hablamos de recomendar y, normalmente, los usuarios así nos lo hacen saber. El verbo recomendar, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE), en su tercera acepción, significa «aconsejar algo a alguien para bien suyo». Pero me parece que esta definición y, por extensión, esta palabra, obvia muchos matices que hace falta concebir y que iré desgranando poco a poco. En segunda instancia, se ha puesto de moda la palabra prescribir. Las tres acepciones que aparecen en el DRAE no me acaban de convencer. «Ordenar» —no nos gusta mucho utilizar el imperativo—,»recetar» ―más relacionado con la medicina―, «adquirir un derecho» —bastante consolidado y podemos recordar los derechos del lector de Daniel Pennac—1 y «adquirir un derecho real por el paso del tiempo» —no se relaciona con el tema que estamos tratando. Por tanto, alguien podría decir que estamos huérfanos de palabras pero no sería verdad. Personalmente, a mí me gusta la palabra compartir. Compartir tiene dos acepciones que me parecen muy interesantes. Por un lado, habla de «repartir, dividir, distribuir algo en partes» y, por la otra, «participar en algo». Para mí estas definiciones y, por extensión, esta palabra es la que contiene los matices de los que hablaba anteriormente. Primero, y lo creo fervientemente, compartir una lectura es dar una parte de tu conocimiento y —cuando nos hemos leído el libro— de tu experiencia lectora y, seguro, de tu vida. La compartes con el usuario y este ha de saber valorarlo. Del mismo modo, y sobre todo no lo olvidemos nunca, los usuarios también pueden compartir lecturas con nosotros y tenemos que tener espacios físicos o virtuales para que puedan hacerlo de la forma más sencilla posible, desde la conversación informal hasta el correo electrónico. En cuanto a la segunda acepción me parece —todavía— más interesante. Habla de recibir. Quiero insistir que este recibir debe ser bidireccional, de nosotros hacia el usuario y del usuario hacia nosotros. Usar es el término, quizá, que más me chirría. Seguramente porque uso me recuerda al concepto de utilidad y, de forma intertextual, al filósofo y profesor de literatura Nuccio Ordine con La utilidad de lo inútil (2013) —libro indispensable para todo bibliotecario—. Poseer se convierte en un término que concentra un significado hermoso —una posesión simbólica, metafórica—, aquello que poseemos es aquello que tenemos y, en términos de lectura, aquello que nos hace crecer. Compartir una lectura es dar poder al usuario, utilizar el saber y tomar consciencia de alguna cosa. Y para acabar de cuadrar el círculo aparece el texto en común. ¡Fantástico! Hacerlo de forma conjunta. Algunas de las buenas prácticas más extendidas en el ámbito de las bibliotecas son los encuentros entre profesionales donde se comparten lecturas. ¿Qué te ha parecido? ¿Cuáles son los puntos fuertes? ¿Y los débiles? ¿Para qué edad? De esta manera mejoramos nuestro conocimiento del mercado editorial. Y eso también lo podemos hacer con nuestros usuarios —¡no lo olvidéis!— Por tanto, creo que la palabra que tendríamos que utilizar cuando queramos recomendar un libro es compartir.

Pero aquí, hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère —que diría Baudelaire— tenemos un problema de significado. Cuando hablamos de compartir entendemos que compartimos experiencias vividas. Y tenemos que empezar a cambiar esta concepción. A mí, personalmente, me encantaría recomendar única y exclusivamente aquello que hemos leído. De hecho, la primera intención siempre es esta. Pero pensad que cada año se publican en España más de 87.000 libros.2 Por tanto, es totalmente imposible leer todo lo que se publica. Por eso, tenemos que buscar los mecanismos y los instrumentos para adquirir este conocimiento de la mejor manera posible teniendo en cuenta la premisa anterior: no podemos leerlo todo. Y eso también sería interesante que los usuarios lo tuvieran claro. Desde aquí, por tanto, hago una llamada y confieso que no, no he leído todos los libros de la biblioteca, y sí, he compartido libros que no he leído. Sacré bleu! Pero antes de mi quema en público y después de haber hecho esta confesión querría volver al proceso de compartir lecturas —a partir de aquí utilizaré este término—.

 

2 ¿Cómo compartimos lecturas?

Hay diferentes pasos que nos tienen que ayudar a concretar y acotar este inmenso universo que se le presenta a nuestro compañero lector cuando se encuentra, solo, en medio de un montón de libros de nuestras estanterías. ¿Por dónde empiezo? —debe pensar—. Necesita nuestro acompañamiento. Esta es otra palabra que me parece imprescindible. Nosotros acompañamos a los usuarios en su viaje literario. Yo querría ser aquel que lleva la llama que enciende los pebeteros de la mente de un montón de lectores y lectoras. Esta frase, cursi si queréis, no deja de ser verdad. La satisfacción que proporciona que venga o vuelva un usuario para decirte que el libro que compartiste con él le ha gustado —¡o no!— es indescriptible. Pero volvamos a dónde estábamos. Necesitamos reducir las posibilidades y eso lo tenemos que saber hacer bien. Yo siempre apuesto por tres preguntas básicas pero que nos ayudarán mucho en nuestra tarea:

  • ¿Quiere una novela? Los bibliotecarios acostumbramos a pensar que cuando alguien nos pide que compartamos un libro con él tiene que ser narrativa. Muchas veces —pasa lo mismo con los niños y los jóvenes— tenemos esta tendencia pero hay usuarios que quizá prefieren leer alguna biografía, un ensayo sobre el concepto de la felicidad o conocer datos y episodios sobre la Guerra civil española. Incluso a los mismos usuarios ni siquiera se les ocurren pensar en los libros de conocimiento. Debemos potenciarlos. De la misma manera, no vilipendiemos el resto de géneros como la poesía, el teatro o el cómic.
  • ¿Cuál es el último libro que le gustó? Pregunta clave para saber qué ha leído y hacia dónde debemos dirigir la selección. No será lo mismo si el último libro que le gustó fue Cincuenta sombras de Grey (Fifty Shades of Grey) de E. L. James o Lolita de Nabokov. Hay narrativa basada en la cocina de la escritura (mezclo algunos ingredientes y creo un libro) y hay otras que tienen calidad literaria. ¿Estoy diciendo que Cincuenta sombras de Grey no tiene calidad literaria? Efectivamente. Y no nos tiene que dar miedo saber que hay libros malos y que somos nosotros, los profesionales, quienes hemos de acompañar a los lectores (aquellos que quieran ser acompañados) hacia una experiencia estética literaria. Este tema, muchas veces, genera controversia. «¿Quién eres tú para decir qué es buena literatura y qué no?».  Sinceramente, me cansa bastante este debate, pero haré alguna reflexión más adelante.
  • ¿Qué busca ahora mismo? Tenemos que saber si el usuario quiere seguir con la misma temática, escritor, colección, etc., o quiere que le ayudemos a innovar. Hay usuarios que prefieren seguir con un escritor o escritora determinado porque «no me decepciona», dicen. Este es el miedo que tienen algunos y que, siguiendo la estela actual de autoayuda y todos esos «pseudolibros», cuesta que salgan de su «zona de confort». Por poner un ejemplo, en la biblioteca donde trabajo hay una mujer que solo lee a Danielle Steel. Única y exclusivamente. Llega a la biblioteca con un papel minuciosamente doblado que contiene casi todos los títulos de esta autora apuntados con un bolígrafo y va preguntando cuáles tenemos. Probablemente ha leído todos los libros de la escritora y le costará mucho hacer algún tipo de cambio. Pero ¿cuál es la única manera con la cual podemos llegar a provocar este cambio? A partir del vínculo.

 

3 El vínculo para un itinerario lector

El vínculo es otra de las palabras clave en este artículo. Sin vínculo no somos nada. ¿Y cómo lo conseguimos? La respuesta a esta pregunta es fácil pero llevarla a la práctica, a veces, parece complicada. Daré algunas pautas:

  • Sonreír. Tengo que decirlo. Hay bibliotecas —pocas, por suerte— a las que llegas y el profesional está tan pegado a la pantalla del ordenador que no tiene ningún tipo de feedback con el usuario. Esto no puede ser. Es necesario tener contacto visual, ser amable, sonreír, mostrar empatía y proximidad. Pensad y entrenad —si es necesario—vuestro lenguaje no verbal.
  • El usuario como objetivo final. Sé que es complicado, pero cuando un usuario va a la biblioteca para que compartáis un libro con él no debería haber nada más aparte de eso. Son los usuarios los que mantienen vivas las bibliotecas.
  • El tiempo no tendría que ser un problema. Muchas veces lo es, es verdad. Pero tenemos que dedicar el tiempo que sea necesario para compartir lecturas. Ostras, pero llaman al mostrador, tengo que acabar la selección, tengo que planificar las actividades del mes… Si tenemos que dejar de hacer bien una tarea porque tenemos más carga de trabajo quizá tendríamos que empezar a hablar de los estándares de personal de las bibliotecas públicas.
  • El regreso. Lo comentaba con anterioridad: la satisfacción que provoca el hecho que un usuario vuelva para decirte que aquel libro que compartiste con él no le gustó es fantástico. Sí, es verdad, es más satisfactorio si nos dice que le gustó pero yo siempre reivindico que el usuario pueda volver y decirme: «Jordi, el libro no me gustó nada». Y para mí res muy importante porque también nos podemos equivocar. Lucharemos hasta el final para no hacerlo, pero solo equivocándonos podremos acotar mejo y volver a compartir algún documento que se ajuste mejor a sus preferencias.
  • La afinidad. Llegados a este punto lo habremos conseguido, seremos la persona en quien los usuarios depositarán su confianza. Esto es tener mucho poder y como se podía leer en el cómic de Spiderman: «Tener un gran poder significa tener una gran responsabilidad». Y no nos tendríamos que relajar, ya que si no sonreímos, no dedicamos el tiempo ni las ganas al usuario se puede ir perdiendo todo lo que hemos conseguido.

Este vínculo nos tendría que servir para crear un itinerario lector que vaya, siempre que sea posible, desde los libros hacia la literatura, del entretenimiento a la experiencia estética, de la cocina de la escritura a la escritura como arte.

 

4 La formación del profesional

Recuerdo que cuando cursé los estudios de Biblioteconomía y Documentación eché en falta, mucho, asignaturas que me introdujesen en el mundo de la literatura. ¿Qué autores y artistas tengo que conocer? ¿Qué es la novela juvenil? ¿La literatura infantil es, realmente, infantil? ¿Cómo tengo que compartir lecturas? ¿Qué herramientas voy a necesitar para captar el alcance del mercado editorial? Son muchas las preguntas que nos hacemos los profesionales que trabajamos en las bibliotecas. Muchas veces hemos optado por iniciar algún otro estudio que nos resolviera estas preguntas y, desgraciadamente, sigo viendo que en el nuevo grado de Información y Documentación no hay ninguna asignatura específica que resuelva algunas de las cuestiones que planteaba con anterioridad. Por tanto, ¿qué podemos hacer los profesionales? Aquí dejo algunas ideas:

  • Librerías de cabecera. Conocer el mundo del sector editorial es esencial para formarnos como profesionales. Es necesario tener librerías y libreros de referencia. Ellos pueden ayudarnos en nuestra tarea de conocer lecturas y arriesgarnos. El binomio librería-biblioteca tiene que ser importante,3 no solo en el ámbito de compartir lecturas sino en el de la programación de actividades —ya sea en la misma biblioteca para nuestros usuarios o en la librería para la formación propia. Las bibliotecas públicas acostumbran a tener cierto presupuesto para la adquisición de material bibliográfico y unas de las formas de hacer una buena selección es con la ayuda de los libreros y las libreras. Buscad y conoced las librerías y relacionaos con la gente que trabaja en ellas.
  • Grupos de lectura. Antes hablábamos de compartir lecturas entre profesionales del mundo bibliotecario y de las librerías. Actualmente hay diversos grupos especializados que ofrecen esta posibilidad. Por ejemplo, la Signatura 400 o las tertulias en la librería Al·lots, especializada en literatura infantil y juvenil. Este es un buen mecanismo para estar al día del mercado editorial.
  • Redes sociales. El mundo de las redes sociales, sobre todo Instagram o Twitter, es un buen escaparate donde ir adquiriendo conocimientos. Las librerías comparten títulos con nosotros —a veces con reseña y otras no— y por Twitter se pueden seguir y leer libreros y libreras de referencia con quienes has trabado confianza y sabes que aquello que comparten es de calidad.
  • Publicaciones periódicas. Los suplementos culturales de los periódicos o las diversas revistas especializadas que se editan también nos pueden servir para hacernos una idea de lo que se publica y obtener ideas o propuestas de lectura o compra para la biblioteca. De todas formas debemos ser cuidadosos, puesto que algunas de estas publicaciones comparten lecturas siguiendo unos intereses económicos o forman parte de un sello editorial determinado. Como profesionales del mundo de la información, tenemos que establecer filtros para saber dónde se ofrece la máxima objetividad profesional.
  • Los usuarios. Ellos también son una fuente de información de lecturas imprescindible. Tenemos que hablar con ellos, escucharlos y no dejar de lado lo que nos comentan y todo lo que comparten con nosotros.

 

5 La buena literatura

Antes he comentado que, con más frecuencia de la que desearía, hay un debate sobre si nosotros tenemos la capacidad de determinar qué es buena literatura. Aquello que anteriormente he denominado la cocina de la escritura en contraposición a la calidad literaria. Como soy un humilde bibliotecario me serviré de algunas reflexiones, muy acertadas desde mi punto de vista, de un crítico literario experto en estudios culturales, de escritoras con trayectoria y de un antiguo profesor de secundaria y escritor integrante del Col·lectiu Pere Quart —que defiende la importancia de la lectura y la literatura en la enseñanza— para poder iluminar este debate, para mí innecesario. Empezaré con un crítico literario de renombre como es el inglés Terry Eagleton quien en la obra Cómo leer literatura (2016, p. 210) nos hace la comparación siguiente:

«Disfrutar es más subjetivo que valorar. El hecho de que alguien prefiera los melocotones a las peras es una cuestión de gusto, pero no puede decirse lo mismo de una consideración como que Dostoievsky fue mejor novelista que John Grisham. Dostoievsky es mejor que Grisham del mismo modo que Tiger Woods es mejor golfista que Lady Gaga. Cualquiera que sepa algo sobre ficción o sobre golf suscribirá estas valoraciones. […] Existen criterios para determinar lo que se considera excelente en el caso del golf o de la ficción, igual que no existen criterios semejantes para decidir si el sabor de los melocotones es mejor que el de las piñas.»

Con una sencillez al alcance de los mejores, Eagleton emite un juicio de valor sustentado en unos conocimientos sobre literatura. No hablamos, por tanto, de subjetividades. El crítico inglés enfatiza aún más (Eagleton, 2016, p. 195):

«¿Qué es lo que convierte una obra literaria en buena, mala o regular? A lo largo de los siglos se han dado respuestas muy variadas a esta pregunta. La profundidad del conocimiento, la verosimilitud, la unidad formal, el atractivo universal, la complejidad moral, la inventiva verbal, la visión imaginativa: todos estos conceptos se han propuesto en un momento u otro como marcas de grandeza literaria.»

En el libro, de hecho, va pasando revista a cada una de estas características con ejemplos que son considerados clásicos y da una explicación consistente. La literatura es objeto de estudio y se debería conocer —mínimamente— el análisis literario para alcanzar a comprender la calidad de una obra. Y eso, en cierta manera, se consigue leyendo. A medida que un lector se va adentrando en la buena literatura va saboreando, entendiendo y captando los detalles que hacen que aquello sea, precisamente, buena literatura.

Antes he comentado que a la hora de compartir lecturas con los usuarios se tenía que hacer una última pregunta: «¿Qué busca ahora mismo?». Es importante saber si el usuario busca entretenimiento o busca literatura de calidad. Y alguien puede preguntar, ¿pero para qué queremos que nuestros usuarios lean buena literatura? Que lean lo que quieran, ¿no? Yo creo que como profesionales que trabajamos en una biblioteca tenemos responsabilidades y una de ellas es acompañar a nuestros usuarios hacia la buena literatura. ¿Por qué? Para contestar a esta pregunta vuelvo a recurrir a otro experto, en este caso a un profesor de literatura, Jaume Ferrer i Puig (2016) que hizo la apreciación siguiente:

«La (buena) literatura, además de la dimensión más competencial, proporciona muchos beneficios como individuos y sociedad. El primero de todos es que es una excelente materia prima del conocimiento humanístico para formar una ciudadanía culta, con capacidad crítica, y que establece ramificaciones con todas las áreas del conocimiento, como dejan constancia, por ejemplo, las novelas de Jules Verne.

El segundo, la literatura es lenguaje y, como decía Mercè Rodoreda, ‘una novela son palabras’. Cuantas más palabras acaparemos, cuanto más vocabulario y léxico dominemos, cuanto más dúctiles seamos con la lengua más capacidad y facilidad tendremos para entender el mundo y el ser humano, y aquí la poesía también tiene una función esencial como gran receptáculo de palabras y sentidos. En los días que corren no podemos renunciar a esto y es necesario que tengamos bien presente que una imagen no vale ni valdrá nunca más que mil palabras; la imagen es barata y hoy en día la sobreabundancia de impactos visuales está a precio de saldo.

El tercer beneficio es la vida y la autenticidad que contiene la literatura, y como desde la ficción literaria se puede llegar a comprender tan bien la realidad y los repliegues del alma humana.»4

En este mundo donde todo se mide por el beneficio, por el valor añadido, por la plusvalía, Jaume Ferrer i Puig nos enumera los beneficios de la literatura: nos proporciona conocimiento humanístico, capacidad para comprender y entender el mundo y nos permite crecer interiormente. Y esto solo lo proporciona la buena literatura. Y estoy seguro que estaría de acuerdo con la escritora Tina Vallès cuando dice que «la literatura no sirve para nada» (Vallès, 2017) poniendo énfasis y criticando la camisa de fuerza del sistema que presiona a las humanidades para que sean útiles —entendiendo la utilidad ligada al beneficio económico—. En una entrevista la escritora Isabel Clara-Simó (2017) decía, también, que:

«la literatura no sirve para nada, es una obra de arte. No es una guía de viajes, ni una guía ética, ni una guía para presumir delante de los amigos, no es ornamental. La literatura no se tiene que avergonzar de hacer compañía cuando estás enfermo o haces un viaje largo. Evidentemente, es una de sus funciones, pero no olvidemos que es un arte, tal como una pintura no es para decorar de interiores, es algo más. Y una sinfonía es algo más que musiquita tranquila para poder dormir. Son obras de arte. En mi caso, puede ser bueno o malo, intento que no tenga intención utilitaria. Siempre digo que quien quiera utilidad que vaya a la ferretería. Ahora bien, una novela tiene que hacer sentir y hacer pensar. Si solo hace sentir es un culebrón; si solo hace pensar es un tocho filosófico. Pero si consigues las dos cosas, aunque sea en un lector determinado, esta novela es buena.»5

Muchos escritores, teóricos, profesores, profesionales del mundo de las humanidades estarían de acuerdo con todo lo que se ha dicho sobre la literatura de calidad. Esto no significa que nuestros usuarios tengan que ser eruditos, deban estudiar análisis literario o que nosotros, desde nuestra torre de marfil les recriminemos el por qué leen lo que leen. La profesora, y actual consellera de cultura, Laura Borràs (2017), comentaba que:

«hay que leer por placer, para aprender, para desaprender, para perderse, para encontrarse, leer para saber de otros, leer para conocerse a uno mismo. Leer para evadirse, leer para recuperarse. Leer, leer, leer ¡siempre! Al fin y al cabo, ya que solo somos tiempo, empleémoslo bien: ¡leamos!»6

Sí, es verdad, leemos. Pero quizá también tengamos que hacer un esfuerzo para ver cómo leemos y qué leemos. Este es un tema suficientemente discutido y daría para muchos artículos más, pero quiero dejar constancia de que creo que debería generarse un debate en el ámbito educativo sobre cómo se lee —cuál es la mejor manera de introducir a los chicos y las chicas en el mundo de la lectura y la literatura— y qué se lee —por ejemplo, Gerónimo Stilton no debería ser lectura recomendada para chicos y chicas en el instituto. He señalado una colección como la citada porque es muy conocida. En las bibliotecas muchos niños y niñas nos la piden con entusiasmo, pero podemos analizar su formato y contenido para ver que nos encontramos ante un producto que prioriza la cantidad a la calidad. El diseño del libro adquiere mucho protagonismo —el color amarillo característico, las páginas doradas o los olores en algunos títulos— mientras que la calidad literaria es muy pobre —frases cortas y poco trabajadas, historias poco originales, páginas con solo un título para llamar la atención y diferentes pasatiempos para amenizar la lectura—. Lo que acaban mostrando libros y colecciones como la de Gerónimo Stilton es que no es suficiente con la lectura por sí misma. Son necesarios los crucigramas, buscar diferencias, poder oler el libro, poca letra y mucho, mucho color para que la lectura sea interesante. «¡Pero yo prefiero que lean eso a que no lean!», gritan enfurecidas las familias. Pues yo no.

La literatura, igual que todo en la vida, requiere esfuerzo. Las mal denominadas lecturas obligatorias en el instituto tienen que ser el paso hacia la educación literaria. Y no entraré en el debate —estéril e innecesario— sobre los clásicos y si deben cambiarse estas lecturas, ya que el foco no está en las lecturas sino en cómo se enseñan. Quizá sea una opinión impopular pero es imposible que a un adolescente no le guste La metamorfosis de Franz Kafka. No hace falta cambiar las lecturas sino proporcionar herramientas al profesorado para el acompañamiento en la educación literaria —teniendo en cuenta, también, que la educación empieza en casa y en la educación infantil y primaria. Tal como dice Antoni Dalmases (2016), hablando de su alumnado, esta enseñanza literaria es muy necesaria:

«porque después de un tiempo de práctica y con un poco de voluntad (que es una característica esencial del vivir auténticamente humana) el ritmo de expresión, la precisión de los adjetivos, la contundencia de las construcciones sintácticas y la enorme cantidad de vocabulario adquirido con la lectura y la imitación de los autores-modelos, había ampliado su mundo de una forma descomunal, les había dado la posibilidad de entenderse a sí mismos en el mundo y, por tanto, de ser probablemente mejores médicos, arquitectos, carpinteros, vendedores o empresarios, pero, seguro, que serían mejores amigos, compañeros, amantes, padres…».7

Los profesionales que trabajamos en las bibliotecas públicas —y escolares, universitarias, especializadas, etc.— tenemos mucha responsabilidad a la hora de recomendar, prescribir o compartir lecturas —llamadlo como queráis, amigas y amigos—. No es una tarea que nos podamos tomar a la ligera, sino que nuestra acción repercute en la educación literaria de ese usuario que ha venido a la biblioteca buscando ayuda. Esta tarea la tenemos que hacer, siempre, con humildad y sinceridad, ofreciendo lo mejor de nosotros mismos y dejando claro qué compartimos y por qué. De esta manera conseguiremos que alguna usuaria, por ejemplo, intente a pasar de cualquier libro de Danielle Steel a Lolita de Nabokov.

 

Bibliografía

Borràs, Laura (2017). «Temps de lectura». Per què llegir. <http://cultura.gencat.cat/ca/departament/plans-i-programes/ambit-sectorial/pla-de-lectura-2020/per-que-llegir/laura-borras/>. [Consulta: 17/09/2018].

Clara-Simó, Isabel (2017). «Entrevista a Isabel Clara-Simó Premi d’Honor de les Lletres Catalanes 2017: ‘La literatura no serveix per res'». Castellvilarenc.info: Diari Digital Castellbell i el Vilar. <https://castellvilarenc.info/2017/04/06/entrevista-amb-isabel-clara-simo-premi-dhonor-de-les-lletres-catalanes-2017-la-literatura-no-serveix-per-res/>.  [Consulta: 03/02/2019].

Dalmases, Antoni (2016). «Educar sense literatura». Núvol. <www.nuvol.com/opinio/educar-sense-literatura/>. [Consulta: 17/09/2018].

Ferrer i Puig, Jaume (2016). «Omplim les aules de (bona) literatura». Catorze14. <https://www.catorze.cat/noticia/3314/omplim/aules/bona/literatura>. [Consulta: 17/09/2018].

Eagleton, Terry (2016). Cómo leer literatura. Barcelona: Península.

Ordine, Nuccio (2013). La utilitat de lo inútil. Manifiesto. Barcelona: Acantilado.

Vallès, Tina (2017). «La literatura no serveix per a res». Vilaweb. <https://www.vilaweb.cat/noticies/la-literatura-no-serveix-per-res/>. [Consulta: 17/09/2018].

 

Notas

1 Los 10 derechos del lector de Daniel Pennac: <https://www.comunidadbaratz.com/blog/los-10-derechos-de-los-lectores/>.

2 Según datos extraídos de la base de datos CulturaBASE del Ministerio de Cultura y Deporte y del Ministerio de Educación y Formación Profesional. <http://estadisticas.mecd.gob.es/CulturaJaxiPx/Tabla.htm?path=/t16/p16/a2005//l0/&file=T1601001.px&type=pcaxis&L=0>. [Consulta: 18/09/2018].

3 De hecho, en la Facultat de Biblioteconomia i Documentació de la Universitat de Barcelona se imparte el postgrado de Llibreria o el de Prescripció Lectora.

4 Traducción realizada por el autor del artículo.

5 Traducción realizada por el autor del artículo.

6 Traducción realizada por el autor del artículo.

7 Traducción realizada por el autor del artículo.

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